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agosto 30, 2009

frente al espejo

He perdido la noción del tiempo que he pasado en esta cama; enlazada a sondas y conectada a un monitor, el cual pareciera estar dando cuenta de los latidos de mi corazón, mediante su constante bip-bip. Pero a pesar de mis confusiones temporales, siento que ya han trascurrido varios días desde que me dejaron en este cuarto; lo creo así, porque aún con las persianas cerradas, he podido distinguir cómo la luz diurna ha ido dando paso a la oscuridad que acompaña al anochecer. Lo que no sé, es cuándo y cómo llegué aquí; sobre ese hecho en particular, tengo una especie de vacío en mi mente. Me imagino que antes de percatarme dónde me encontraba, estuve sumida en un profundo sueño, pues todavía suelo tener algunos periodos de ausencia, durante los cuales no percibo los cambios de la luz, ni me doy cuenta de las visitas de las enfermeras y médicos, quienes a diario vienen a revisar los registros del monitor y la frecuencia del goteo en las sondas.

No sabría decir con exactitud, cuando empecé a sentirme incómoda dentro de mí. Debió ser aquel día, en que mirándome desnuda al espejo, no me reconocí en la imagen que éste me devolvió. Mi cuerpo lucía tan cambiado; ya no quedaba vestigio de mi pecho liso y mi cadera lucía una redondez que me desconcertó. Me perturbó tanto verme así, que me sentí avergonzada y aún en la soledad de mi habitación, de inmediato me cubrí. Busqué la ropa más holgada, una que disimulara mis pechos crecidos y la recién descubierta forma de mi cadera. A partir de ese día, dejé de usar camisetitas ajustadas y en general cualquier vestimenta que permitiera adivinar mis nacientes curvas y adquirí la costumbre de andar siempre vestida con pants y sudaderas holgadas; sólo cuando no me quedaba más remedio, usaba vestidos, también muy holgados y un tanto aniñados. Todo para ocultar las formas de mi cuerpo y ponerme a salvo de las miradas de los demás.

Fue en esa época, en la que empecé a notar cambios en mi estado de ánimo;
me sentía irritable y sensible al extremo; en esos días, hubiera preferido no salir de mi cuarto, para que nadie notara lo que me estaba pasando. Y fue también, cuando iniciaron las alteraciones en mi apetito; sentía más hambre de la normal y comía para apaciguar esa repentina avidez, pero siempre terminaba sintiéndome mal por haberlo hecho. La comida se volvió un suplicio para mí y muy pronto me di cuenta, de que comer me causaba verdadera angustia. Busqué la manera de reprimir mi necesidad de comida; como al principio me costaba trabajo controlarla, llenaba mi estómago con agua y procuraba mantenerme alejada de la cocina, evitando a toda costa la tentación de la comida. Pero con el paso de los días y un buen esfuerzo de mi parte, conseguí dominar mi hambre de tal forma, que dejé de sentirla y ya ni siquiera requería engañar a mi estómago con litros de agua; en todo el día, únicamente comía algo de verdura y fruta. Me había hecho a la idea de que, reduciendo mi ingesta alimenticia a lo mínimo indispensable, mi pecho podría volver a lucir plano y mi cadera dejaría de verse redondeada.

Pero nada parecía dar resultado. No obstante que apenas comía y me ejercitaba mucho, cuando me miraba al espejo me seguía viendo igual, con esas formas que nada me gustaban; mis pechos continuaban creciendo y mi cadera redondeándose. El espejo y la comida se habían convertido en mis peores enemigos; sólo en el sueño encontraba un escape para evadir mis angustias. Huía de las miradas ajenas, lo mismo en casa que en la escuela o en la calle, para no sentirme presa de su escrutinio. Aunque siempre había sido solitaria, en ese tiempo me aislé aún más; de la escuela regresaba para encerrarme en mi cuarto, hacer mi tarea y dormir. Vivía tan aislada dentro de la casa familiar, que nadie se dio cuenta cuando un día,
después de ejercitarme duramente, sufrí un ligero desvanecimiento; yo me asusté un poco, porque me quedó la sensación de un sudor helado recorriéndome todo el cuerpo, pero me tomé un thé bien caliente y me metí a mi cama para calentarme, hasta que esa extraña frialdad se desvaneció. Sin querer, había descubierto que era capaz de controlar no solo mi hambre, sino también cierto tipo de malestares; así lo creí y me sentí bien conmigo, casi feliz. Quizá por ello, es que no consigo entender qué fue lo que ocurrió después; cómo fue que terminé en este hospital.

Y aún sin saber qué fue lo que me sucedió, ahora me siento más tranquila. Acostada en esta cama y bien resguardada bajo la sabana y el cobertor extra, no tengo que preocuparme por las miradas escrutadoras; cuando llega la hora de la comida, ya no me angustio y no necesito buscar pretextos para no comer o mentir diciendo que ya lo hice. Nadie puede obligarme a ingerir alimento, pues no estoy en condiciones de hacerlo. Paso dormida la mayor parte del tiempo y a veces, hasta tengo gratos sueños; como anoche, cuando soñé que estaba sola en una hermosa y tranquila playa.

Pero sin duda, lo mejor de estar aquí... es que no hay ningún espejo.

No tengo idea de cuánto tiempo llevo hospitalizada; tampoco, de cuándo podré abandonar este sitio. Lo único que sé, es que el día que logre salir, me gustaría hacer realidad mi sueño e irme a vivir a la orilla del mar; creo que allá podría olvidarme de los espejos y de la angustia que me provocan la comida y las miradas ajenas.
Texto publicado originalmente en el blog colectivo Escribidores y literaturos



desde la lejanía



“Los exiliados son los inquilinos de la soledad” Juan Gelman



Ya falta poco, en cuestión de horas habré llegado a la última parada de mi viaje. Después de haber deambulado por tantos sitios, siempre de paso, rehuyendo ataduras, por fin tendré una morada permanente en esta ciudad. Creo que es justo finalizar aquí, pues fue en esta misma ciudad en donde hace treinta y un años, di el primer paso del que terminaría siendo el periplo de mi vida.




Llegué aquí sin tener idea clara de lo que haría. No lo había planeado con antelación; una cosa eran mis sueños adolescentes y otra muy distinta, tener el suficiente carácter -y encontrar la oportunidad- para hacerlos realidad. A los 23 años no sabía gran cosa de la vida; no conocía nada fuera de aquella ciudad a la que llegué desde mi pueblo natal siendo un adolescente y resultaba ocioso pensar en conocer otros lugares. Aún así, yo soñaba con hacerlo algún día. Tenía la cabeza llena de duendes, como decía mi viejo maestro de la Academia o repleta de demonios, como me dijo alguien más. Siempre fui inconforme, rebelde y terco; me costaba adaptarme a las restrictivas normas imperantes en mi país en aquel entonces. Pero a diferencia de muchos transterrados, yo no era un perseguido a causa de sus ideas; en ese sentido, mi historia dista mucho del heroísmo. Nunca pretendí la heroicidad, ni luché en pos de mis ideales; no arriesgué mi vida para defender o hacer valer los derechos de los demás. Nada de eso me movía ni obligaba; lo único que anhelaba y necesitaba, era conocer otros mundos; probarme a mí mismo que en otro sitio mi vida podría ser distinta; que existía la posibilidad de un futuro mejor al que estaba destinado de quedarme en mi tierra.




A pesar de que no fue algo premeditado, ni siquiera tuve tiempo de sentir temor; me limité a seguir mis impulsos, a aprovechar esa fortuita oportunidad, sin detenerme a reflexionar en que, al momento de saltar la barra de contención en ese aeropuerto, me convertiría en un desertor. Y eso terminé siendo; a partir de entonces me fue prohibido regresar a mi país; perdí mis derechos ciudadanos; de la noche a la mañana, me convertí en un hombre sin patria, sin nacionalidad, sin familia; sin nada. Pero en ese momento, lo único que me importaba era haber conseguido mi anhelada libertad… porque eso era todo lo que me quedaba. Mi historia anterior sería borrada por los guardianes del honor de la Patria abandonada. Tendría que crearme una nueva vida; recomenzar mi historia, solo en un país tan distante como distinto del mío; lejos de todo lo que había conocido: aromas, sabores, colores y sonidos de mi infancia; lejos de mi madre. Empezaría de nuevo como lo que ahora era: un exiliado.



Me dediqué a trabajar muy duro, buscando forjar aquello por lo que había abandonado mi país: una vida menos gris, un futuro más promisorio. Y al mismo tiempo, me ocupé de no penar ni añorar esa Patria que me era negada. Durante un tiempo lo conseguí; rodeado de gente que se sentía atraída por mi condición de desertor y por mi personalidad algo exótica ante sus ojos occidentales, disfracé la melancolía. Pero la soledad, como la realidad, tarde o temprano nos alcanzan y en medio de logros sociales y materiales, viví momentos de profunda y dolorosa soledad. Sentía nostalgia, no tanto por la tierra abandonada, sino por el muchacho que se quedó en ella; quise borrarlo y lo conseguí. De aquel chico con la cabeza llena de duendes y demonios, ya no quedaba gran cosa. Podía seguir siendo irreverente, nunca conforme con lo que conseguía; podría incluso seguir luchando con mis duendes y demonios internos, pero las ansias de descubrir y asombrarme se me fueron quedando en el camino, junto con las ilusiones. Entre tanto deambular por el mundo y regodearme en mis propios logros, olvidé para siempre una parte de lo que fui. Por eso decidí no regresar; allá ya no me quedaba nada; ni familia, ni deseos, ni ilusiones; apenas unos cuantos recuerdos que me llevaré conmigo.





Terminaré diciendo que aunque mi nombre se volvió célebre, a estas alturas del viaje la celebridad no sirve de gran cosa, porque al final de cuentas, célebre o desconocido, sólo soy uno entre tantos otros que abandonaron su país para jamás regresar. Alguien que vivió la mayor parte de su vida en el exilio y decidió permanecer así hasta el final. Me llamaban el tártaro y fui un gran bailarín; pero de todos los pas de deux que di, de todas las grandes coreografías que cree y recree, ningún paso fue tan espectacular, como aquel grand jeté con el cual burlé la barra de seguridad en el aeropuerto de una capital europea. Treinta y un años después de aquellos hechos, dentro de unas horas, justo cuando llegue el amanecer, yo habré de perderme en la lejanía... concluyendo así el periplo de mi vida. 







Texto publicado originalmente en el blog colectivo Escribidores y literaturos
http://escribidoresyliteraturos.blogspot.com/2009/07/desde-la-lejania_30.html


imagen tomada de www.arteinformado.com/

agosto 12, 2009

historias de familia

«Las familias felices son todas iguales; las familias infelices lo son cada una a su manera» Leon Tolstoi [Ana Karenina]



Las historias de amor nunca terminan bien [o casi nunca, para dejar un espacio a los optimistas y acotando que la de ella, ni siquiera fue de amor]. La suya había sido una historia de pueblo; tan típica que bien podría haber servido de guión para alguna película de Emilio el Indio Fernández. Si no fuera porque la había padecido, no la creería. En sus tiempos -primera mitad del siglo pasado-, las mujeres debían casarse muy jóvenes, pues de lo contrario eran objeto de señalamientos por su condición de "quedadas". Y cuando parecía que su destino era precisamente el de quedarse para vestir santos -opción socialmente más aceptable, antes que ser considerada una mujer de cascos ligeros- su vida dio un vuelco impensable: un mediodía en que regresaba de algún mandado, fue "robada" por el hombre que la pretendía de tiempo atrás y al cual ella no acababa de darle el sí, en razón de los más de quince años que le llevaba, así como por el hecho de haber estado casado y tener tres hijos. Todo sucedió tan rápido que, cuando reaccionó, él ya la había subido al lomo de su caballo, echaba a galopar con ella cuestas y se aprestaba a cruzar el río, mientras era seguido por los tres compinches que habían ido a ayudarle con el rapto.

Tres lustros y cinco hijos después, el escenario era otro: ya no tenía los 23 años de la soleada mañana en que fue raptada y estaba sola de nuevo; pero quizá nunca, ni siquiera aquella madrugada en que tuvo que casase como una ladrona y portando un sencillo vestido color rosa claro [de blanco y al medio día... solo se casan "las señoritas que son puras, no las mujeres que llevan un mes viviendo en pecado con un hombre", había sentenciado el sacerdote, secundado por su propia madre], se había sentido tan fuera de lugar, tan ajena a todo. Ahora estaba en la sala de su casa, vestida de negro de pies a cabeza -como si estuviera en la iglesia, traía la cabeza cubierta con un velo negro- y rodeada de un montón de personas a la mayoría de las cuales apenas conocía. El ataúd yacía al centro, rodeado por cuatro enormes cirios y docenas de flores -gladiolas blancas y olorosos nardos-, pero los "dolientes acompañantes" (en ese pueblo, las personas acudían con la misma dedicación a bodas, bautizos, primeras comuniones, bailes de fin de año y velorios), ni siquiera las señoras que rezaban el enésimo rosario por la salvación del alma del difunto, no miraban el féretro... la miraban a ella. Una viuda de 38 años y de buen ver, era objeto de más atención que una viuda anciana. La gente iba al velorio no tanto para acompañarla en su dolor, o para entretener un poco su aburrida existencia provinciana; sino a juzgar si el comportamiento de la joven viuda era el adecuado: si lucía lo suficientemente triste y recatada; si lloraba como mandan los cánones. Eso era lo que la tenía incómoda: no solo era el centro de atención de las lenguas viperinas tan abundantes en su pequeña comunidad, sino que además, por más que lo intentaba no lograba sentirse abatida, mucho menos con deseos de llorar desconsoladamente. No obstante, estaba empezando a arrepentirse por haber desoído el consejo de su madre: "si no puedes llorar, llamamos a las plañideras y a lo mejor, de verlas te dan ganas y por lo menos habrá alguien que le llore a tu difunto."

¿Llorar ahora? No sentía el menor deseo; ni el saber que su mujeriego y jugador marido la dejaba llena de deudas, le provocaba deseos de llorar; quizá es que ya estaba cansada de hacerlo. A lo largo de su matrimonio fueron muchas las noches que lloró en silencio: de arrepentimiento por haberse casado con ese hombre al que nunca conoció realmente; de dolor, en las ocasiones en que él la había golpeado; de tristeza, al sentir que su madre se ponía de lado de él, reconviniéndola para que no contradijera "al padre de sus hijos"; de rabia, las muchas noches en que el se ausentó por andar apostando a los gallos en las ferias regionales, o por estar en el lecho de otras mujeres. Muchos años lloró por su causa, así que ahora no le daba la gana hacerlo. Lo único que deseaba era tirar esos nardos cuyo perfume le provocaba mareos, beberse un buen trago de mezcal y correr de su casa a todos esos intrusos criticones; se sentía tan cansada, como aburrida y somnolienta. Y entonces sucedió algo inesperado: en la puerta de su casa se apersonó una mujer que debía tener su edad o hasta unos años más, vestida de negro y con los ojos llorosos, quien entró gimiendo de dolor por su amado Samuel -el marido. La recién llegada lloraba sin el menor disimulo y en medio de sus lamentos repetía una y otra vez, que amaba profundamente al muertito; que ni la esposa ni las otras lagartonas lo habían querido de esa forma. Se auto-presentó como la otra, la querida desde hacía... quince años. En ese momento, ella encontró las fuerzas que necesitaba, no para llorar, sino para sobreponerse a la incomodidad; así que alzando la voz por encima de los lloriqueos de la querida y de los murmuraciones de los acompañantes, se acercó a la otra, la abrazó fuertemente y le dio las gracias por estar ahí acompañándola... ahora si habría una viuda que lloraría como Dios manda... y además, esa otra le permitiría a ella quedar como la abnegada y piadosa viuda... Al menos en su muerte, el marido había hecho algo bueno por ella...

relato publicado originalmente en el blog mélange »